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Alejandra Melo Cardenas

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AlejandraMelo

February 18

La segunda oportunidad

Las Sibilas, hechiceras capaces de prever el futuro, vivían en la antigua Roma. Cierto día, una de ellas apareció en el palacio del emperador Tiberio con nueve libros; dijo que allí estaba escrito el futuro del Imperio, y pidió diez talentos de oro por los textos. A Tiberio le pareció un precio elevadísimo y no los quiso comprar.

La Sibila se marchó, quemó tres libros, y regresó con los seis restantes. “Cuestan diez talentos de oro”, dijo. Tiberio soltó una carcajada, y la echó del palacio. ¿Cómo se atrevía a vender seis libros por el precio de nueve?

La sibila quemó tres libros más y volvió ante Tiberio sólo con los tres volúmenes que habían restado: “También cuestan diez talentos de oro”. Intrigado, Tiberio acabó comprando los tres volúmenes, y sólo pudo leer una pequeña parte del futuro.

Estaba contándole esta historia a Mônica, mi agente y amiga, mientras íbamos en coche a Portugal, y al terminar me di cuenta de que estábamos pasando por Ciudad Rodrigo, en la frontera con España. Justamente allí, cuatro años atrás, alguien me había ofrecido un libro, y yo no lo había querido comprar.

Durante el primer viaje de divulgación de mis libros en Europa, había decidido almorzar en aquella ciudad. Después fui a visitar la catedral y encontré a un padre. “Vea como el sol del atardecer hace todo más bonito aquí adentro”, me dijo. Me gustó el comentario, conversamos un poco, y él me guió por los altares, claustros y jardines interiores del templo. Al final, me ofreció un libro que había escrito sobre la iglesia, pero yo no lo quise comprar. Cuando salí, me sentí culpable; yo era escritor, estaba en Europa tratando de vender mi trabajo: ¿por qué no comprar el libro del padre, por solidaridad? Pero después olvidé el episodio. Hasta aquel momento.

Paré el coche; no me había acordado de la historia de los libros sibilinos por casualidad. Nos dirigimos a la plaza que hay frente a la iglesia, donde una mujer estaba mirando al cielo.

- Buenas tardes. Estoy buscando a un padre que escribió un libro sobre esta iglesia.

- Ese padre, que se llamaba Estanislao, se murió el año pasado – me respondió ella.

Sentí una inmensa tristeza. ¿Por qué no habría dado yo al padre Estanislao la misma alegría que sentía yo cuando veía a alguien con uno de mis libros?

Fue uno de los hombres más bondadosos que conocí – continuó la mujer. Venía de familia humilde, pero llegó a ser especialista en arqueología. Ayudó a conseguir para mi hijo una beca en el colegio.

Le comenté a ella lo que me había llevado allí.

- No se culpe inútilmente, hijo mío – dijo. Vaya a visitar otra vez la catedral.

Pensé que era una señal, e hice lo que me mandaba.

Sólo había un padre en un confesionario, esperando a los fieles que no acudían. Me dirigí hacia él, que me hizo una seña para que me arrodillase, pero yo le interrumpí.

- No quiero confesarme; sólo vine a comprar un libro sobre esta iglesia, escrito por un hombre llamado Estanislao.

Los ojos del padre brillaron. Salió del confesionario y volvió minutos después con un ejemplar.

- Qué alegría que haya venido para esto! – me dijo. – ¡Soy hermano del padre Estanislao, y esto me llena de orgullo! ¡Él debe de estar en el cielo, contento al ver que su trabajo es apreciado!

Con tantos padres por allí, yo había encontrado justamente al hermano de Estanislao. Pagué el libro y le agradecí. Él me abrazó. Cuando iba saliendo, escuché su voz.

- Vea como el sol del atardecer hace todo más bonito aquí adentro – me dijo.

Eran las mismas palabras que el padre Estanislao me había dicho cuatro años antes. Siempre hay una segunda oportunidad en la vida.

 

PAULO COELHO

Guerrero de la Luz

February 10

Convención de los heridos de amor

 

 

Convención de los heridos de amor

 

Disposiciones generales:

A – Considerando que el dicho de que “en el amor y en la guerra todo vale” es completamente verdadero;

B – Considerando que en lo relativo a la guerra contamos con la Convención de Ginebra, adoptada el 22 de agosto de 1864, que determina cómo debe tratarse a los heridos en el campo de batalla, mientras que hasta hoy no se ha promulgado ningún documento que regule la situación de los heridos de amor, muy superiores en número;

Se decreta que:

Art. 1 – todos los amantes, independientemente de cuál sea su sexo, quedan advertidos de que el amor, además de ser una bendición, también es algo extremadamente peligroso, imprevisible, que puede acarrear serios daños. Por lo tanto, quien tenga la intención de amar, debe ser consciente de que está exponiendo su cuerpo y su alma a heridas de muy diferentes tipos, sin poder culpar por ello a su pareja en ningún momento, puesto que ambos corren el mismo riesgo.

Art. 2 – Una vez alcanzado por una flecha del arco ciego de Cupido, debe solicitarse inmediatamente al arquero que dispare la misma flecha en la dirección opuesta, con el objeto de no sufrir la herida conocida como “amor no correspondido”. En el caso de que Cupido se niegue a hacerlo, la Convención que en estos momentos se promulga exige del herido que de manera inmediata se arranque la flecha del corazón y la tire a la basura. Para llevar esto a buen puerto, debe evitar llamadas telefónicas, mensajes de correo electrónico, envíos de flores (siempre rechazadas), o cualquier otra forma de seducción, pues semejantes medios, si bien pueden dar algún resultado positivo a corto plazo, no resisten el paso del tiempo. La Convención decreta asimismo que el herido debe buscar sin falta la compañía de otras personas, así como debe imponerse al pensamiento obsesivo que le dice “vale la pena luchar por esta persona”.

Art. 3 – En el caso de que la herida provenga de un tercero, es decir, que el ser amado se sienta atraído por alguien que no estaba a priori en el guión, queda expresamente prohibida la venganza. En este caso, se permite el uso de lágrimas hasta que los ojos se sequen, así como algunos puñetazos en la pared o en la almohada, o reuniones con amigos donde poder insultar a gusto al antiguo(a) compañero(a), incidiendo en su perfecta falta de gusto, pero sin llegar a difamar su honra. La Convención determina que también se aplique en este caso la regla del Art. 2 que mueve a buscar la compañía de otras amistades, sólo que evitando en la medida de lo posible los lugares que la otra persona frecuenta.

Art. 4 – En lesiones leves, clasificadas aquí como pequeñas traiciones, pasiones fulminantes que no duran mucho, o desinterés sexual pasajero, debe aplicarse con generosidad y rapidez el medicamento llamado Perdón. Una vez aplicada tal medicina, no se debe volver atrás bajo ninguna circunstancia, y el asunto debe ser definitivamente olvidado, no utilizándolo jamás como argumento en una discusión o en momento de odio.

Art. 5 – En todas las heridas definitivas, también conocidas como “rupturas”, el único medicamento que tiene algún efecto se llama Tiempo. De nada sirve buscar consuelo en cartomantes (que siempre prometen el regreso del amor perdido), leer libros románticos (que siempre acaban bien), engancharse a una telenovela o cosas por el estilo. Se debe sufrir con intensidad, evitando radicalmente las drogas, los calmantes o las oraciones a los santos. En cuanto al alcohol, sólo serán permitidos dos vasos de vino diarios.

Consideraciones finales: los heridos por el amor, al contrario de los heridos en conflictos armados, no son víctimas ni verdugos. Optaron por algo que forma parte de la vida, y deben asumir, por consiguiente, la agonía y el éxtasis de su elección.

Y los que jamás fueron heridos por el amor, nunca podrán decir: “he vivido”. Porque no vivieron.

PAULO COELHO

 
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